nietos de keynes

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En 1930, hace casi un siglo, Keynes publicó “Las posibilidades económicas de nuestros nietos”. Imaginó que en 100 años “el problema económico podría estar resuelto”, y que dejaría de ser “la preocupación permanente de la humanidad”. Y si se resuelven las dificultades económicas, las prioridades cambian significativamente. En este mundo ideal, el ser humano se preguntará “cómo ocupar su tiempo libre -que la ciencia y el interés compuesto le habrán ganado- para vivir sabiamente y bien y placenteramente”.

La estabilidad macroeconómica es la condición necesaria, no suficiente, para “vivir sabia y placenteramente bien”. Y la política social debe contribuir a este objetivo supremo. Quedan ocho años para la fecha soñada por Keynes. En sus cálculos era optimista. La humanidad está lejos de haber alcanzado este ideal. Y en los últimos años, las condiciones sociales han empeorado por la pandemia. Los millones de pobres que pueblan el planeta son incapaces de satisfacer las necesidades más básicas. Y dramáticamente, los últimos informes de la FAO destacan los peligros actuales de una crisis alimentaria.

Los instrumentos que ofrece la economía deben lograr el doble objetivo de satisfacer las necesidades básicas y facilitar las condiciones para el ejercicio de la libertad. Si las necesidades básicas están resueltas, el abanico de capacidades comienza a abrirse, y entonces el individuo estará en mejores condiciones para desarrollar el proyecto de vida que estime valioso.

Con plena justificación tras el dolor de la pandemia, el eje central de la estrategia presupuestaria del marco presupuestario de mediano plazo es “la política social, de la mano del compromiso del gobierno con la estabilidad de las finanzas públicas en el futuro”.

Sin duda, lo ideal es combinar política social y estabilidad financiera. El panorama del documento es optimista ya que el covid se ha reducido mucho, la economía se está recuperando y el precio de los hidrocarburos ha aumentado.

Está bien que el gobierno resalte la importancia de lo social, pero para avanzar en esa dirección son necesarias dos condiciones. En primer lugar, que efectivamente lo social es una prioridad. Y, segundo, que los macroindicadores no son vistos como un fin en sí mismos, sino como un instrumento para avanzar en la política social. El objetivo final debe ser la buena vida.

El ideal keynesiano no se ha realizado. Entre otras razones, porque las visiones no keynesianas que reiteraban el llamado al sacrificio han tenido efectos perversos, especialmente desde fines de la década de 1980, cuando se absolutizaron instrumentos como la regla fiscal. Olvidamos que es sólo un medio, y su pertinencia debe juzgarse en función del objetivo final que debe ser la búsqueda de la felicidad.

En el marco presupuestario se asume, sin demostrarlo, que los instrumentos utilizados para lograr la estabilidad macro son compatibles con una vida sabia y placentera. Esto no siempre es cierto. Baste decir que la lucha contra la inflación, al subir las tasas de interés, puede tener consecuencias perversas en la calidad de vida de muchas personas.

Está claro que las finanzas públicas deben administrarse con cuidado, pero los instrumentos utilizados para hacerlo pueden ir en contra de la buena vida.

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